Autor: Carlos Arturo Mancera Barros
Mañana fresca de septiembre, con gruesas nubes negras y pertinaz llovizna desde tempranas horas. Esto me recuerda aquellos amaneceres en épocas de infancia en mi Depresión Momposina, donde el cantar de los gallos y el trinar de los pájaros alegran siempre la llegada de un nuevo día.
La ciénaga alborotada por la brisa y el movimiento oscilatorio de los árboles parecían anunciar un suceso inesperado en el pueblo.
Si…precisamente ese día amaneció con quebrantos de salud un hijo del pueblo…Críspulo Zacarías…tenía por nombre, a quien los familiares tuvieron que llevarse de urgencia al centro médico más cercano para que se le prestaran las atenciones de rigor, porque así lo ameritaba su estado, según criterio de la enfermera de la población.
Fue viajado y alcanzó a recibir atención de los profesionales de la medicina, pero la suerte al enfermo no lo acompañó y parecía que se comenzaba con algo inesperado, porque Críspulo Zacarías…murió, una complicación en el corazón, le quitó la vida.
Todo era confusión entre los acompañantes y familiares que llegaron con él hasta el hospital. Lamentos y llantos invadieron a los allegados del difunto, porque tenía buenos planes para festejar la llegada del próximo año…pero todo quedó en planes.
Se organiza el regreso para el pueblo y con todos los trámites de rigor que se realizaron, se les hizo un poco tarde, pero bueno…cogen camino a medio día. En el viaje no hubo ningún contratiempo, porque el vehículo que los trajo, los espero hasta que todo se arreglara...y así fue…
Llegaron al pueblo a las seis de la tarde, la gente conmovida por la muerte de Críspulo Zacarías, hacen calle de honor desde la entrada de la población hasta la casa donde vivía el difunto.
Un compadre del fallecido trajo el ataúd, que había mandado a hacer hacía tres meses y se lo habían entregado apenas dos días atrás,
Ese ataúd era para tenerlo hasta cuando lo necesitara el dueño o cualquiera de la familia, esto es costumbre en nuestros pueblos.
El cajón era de Pipe, quien lo había comprado con una plata recibida como producto de la venta de cinco puercos que engordó a punta de desecho de yuca y afrecho de maíz.
La noche del velorio la gente se aglomeró para acompañar al finado; café tinto, cigarrillos, tabacos, ron ñeque y los rezos, fueron el menú principal de esas horas nocturnas; hacía un poco de frío, los zancudos sin ser invitados, llegaron a montón, pero la gente sabía como defenderse de estos intrusos.
Amanece y los acompañantes a tempranas horas se desplazan a sus casas a descansar un poco y a prepararse para el sepelio que sería en horas de la tarde.
Llega el momento de las honras fúnebres y el féretro es trasladado a la pequeña iglesia. Una rezandera o camandulera con un crucifijo en las manos, al salir el cajón con los restos mortales, de la casa del difunto, comienza con la resolana…Dale señor el descanso eterno…y los acompañantes respondían…brille para él la luz perpetua… y así con estos rezos se llegó hasta la iglesia.
Ya en la entrada de ésta, un sacerdote casi anciano, cuya sotana le quedaba grande y que casi una brisa inesperada lo tira al suelo, pero fue sostenido por algunos que estaban a su lado, parecía que la sotana no fuera de él…el muerto como que era más grande, esperaba con agua bendita al difundo. Se inicia el ritual y el féretro es cargado en hombros hacia el fondo de la iglesia, donde recibe los últimos detalles de este funeral.
Terminada la misa, cuatro voluntarios cargan el ataúd y de nuevo comienza a la salida del templo la camandulera con su resolana, que ya fastidiaba al oído de muchos tanta repetidera, llegando con lo mismo hasta el cementerio.
La mayoría de la gente del pueblo acompañó al difunto, quien se había dado a querer por lo servicial y buen amigo que era. Su humildad y buen trato con los demás, le hicieron distinguir en su tierra natal Jurutungo, hasta gozar del aprecio de toda una comunidad.
El ataúd ya en el cementerio, es bajado de la meseta y es colocado sobre dos cabuyas que se colocaron sobre el suelo al lado de la sepultura y poder bajarlo al fondo de ésta.
Estos lazos estaban un poco viejos y eran utilizados por un amigo del difunto para amarrar los burros en el patio de su casa. La fosa tenía una profundidad de 1.80mts, de largo 2.05mts y de ancho 1.50mts, lo escasamente necesario para que el fallecido descanse en Paz
La camandulera no descansaba con su resolana, pero era que le debía una plata al muerto y quería verlo enterrado rapidito, para ella quedar sin esa culebra por lo menos en esta vida, lo que no sabe es, si se la cobren en la otra vida, de todas maneras Sinforosa rezó y rezó sin descansar a ver si conseguía un indulto a su deuda de cinco mil pesos
Los familiares del fallecido no dejaban de llorar, porque recordaban todos los planes que él tenía para fin de año…todo se quedó en planes decía una de sus hermanas. El hijo mayor del difunto con sollozos profundos decía ¡Gracias padre por haber sido tan bueno con nosotros…que Dios te tenga en su santo reino!
Bueno… llegó la hora de bajar al finado a su morada, dijo uno de los presentes y los mas cercanos al cajón le hacían la santa cruz, otros sacaron pañuelos blancos con la mano levantada como diciéndole adiós… adiós.
Cuatro de los mejores amigos de Críspulo Zacarías, como eran Víctor Rafael, Luís Alfredo, Manuel de los Santos y Carlos Arturo, cada uno se colocó en los extremos de las cabuyas, para ir dejando bajar lentamente el ataúd al fondo de la fosa. Ninguno se percató que la tapa del cajón no había sido claveteada y desafortunadamente en el preciso momento cuando ya el féretro estaba en el borde de la sepultura, con el peso del difunto y la fuerza aplicada por los de las cabuyas, se reventó una de estas cuerdas y el cajón se va hacia un lado, saliéndose el muerto del ataúd y quedando un poco semi anclado en la orilla de la fosa pero con el riesgo de irse al fondo porque se iba rodando poco apoco; uno de los presentes a quien apodaban “El Ñato”, en forma desesperada coge al muerto por el cuello de la camisa, pero no pudo soportar su peso y ambos caen al fondo de la sepultura, el ñato cuando se da cuenta que está en el fondo de la fosa con el difunto al lado, comienza en forma desesperada a gritar: ¡JAQUENME DE AQUÍ…JAQUENME DE AQUÍ.!...CORRAN… CORRAN JAQUENME DE AQUÍ………….
Uno de los acompañantes del entierro gritó inesperadamente con bastante nerviosismo… oigan ¡EL MUERTO ESTÁ VIVO!, ante tan espeluznante información, la gente no sabía para donde correr y los alambres de púas que cercaban el cementerio, fueron los fieles testigos de tremenda estampida nerviosa, los alambres quedaron llenos de pedazos de camisas, polleras, zapatos y hasta pedazos de piel de humano sostenían las púas.
Todo el pueblo se alborotó por las calles y gritaban al unísono… ¡El Muerto está Vivo! … ¡El Muerto está Vivo! La gente andaba nerviosa y desconfiada, parecían gallinas espantadas por iguanas. Nadie se atrevía a llegar en esos momentos a la tumba del difunto porque desde lejos se oían los lamentos: ¡Jáquenme de aquí!.. La gente comentaba con desespero la situación y hubo uno del pueblo que se acordó de Simón, quien era el que había hecho la fosa y tenía una escalera grade; unos voluntariosos se dirigieron a donde él, pero éste reflejaba en su enrojecidos ojos el malestar de la borrachera que le causo la cavada de la sepultura para su amigo, el tufo era de puro tumba cerca o ñeque. Se le comunicó lo sucedido y se le dijo que el muerto estaba en la fosa pero sin cajón, y de inmediato buscó la escalera cargándola con cuatro de sus amigos, se dirigieron al campo santo donde se escuchaba: ¡Jáquenme de aquí!..A Simón se le erizaron lo pelos y dijo ¿Qué vaina es esa?... nadie le respondió.
Al llegar al sitio de la confusión, Simón se asomó a la fosa y precisamente en el fondo vio al difunto con un ojo abierto y el otro cerrado, tenía la cara sucia de la cal que se le había echado al cajón y a su lado el ñato con las manos en la cabeza y sumamente angustiado. Apenas Simón colocó la escalera en el fondo de la sepultura, en forma apresurada salió el Ñato y de pronto pegó un olor a materias fecales y dice Simón…Ñato te ensuciastes, y éste todo nerviosos contesta...No…seguro que fue el muerto…
El difunto fue sacado más tarde de la fosa y colocado nuevamente en su cajón, dándosele cristiana sepultura. Mucha gente abandonó el pueblo porque lo sucedido era presagio de una catástrofe para la población. El Ñato también abandonó su tierra porque verdaderamente él era el “embarrao de popó” y no el pobre muerto.
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